Fotos: Isabel Gestoso
Winona Riders viene creciendo a pasos agigantados. Pasaron de descontrolar la esquina de Niceto Bar hace dos años antes de lanzar su primer disco a cumplir el sueño de hacer un Obras el pasado mayo, recorriendo su discografía completa con un maratónico show de cuatro horas. El 22 de octubre sumaron una placa más: Quiero que lo que yo te diga sea un arma en tu arsenal, anunciando dos fechas en Niceto Club programadas para el mismo mes.
En la segunda fecha, luego de la presentación de Brahmans, banda tucumana encargada de abrir la noche, Winona salió a escena con ‘Sacame el Cuero’ y ‘Soy Una Bala’ bajo unas luces rojas que se mantendrían durante casi todo el set, con una puesta en escena sin pantalla, en su lugar había un gran telón blanco con el logo de la banda: la cara de la actriz Winona Ryder con unos lentes oscuros.
Su sonido es un blend entre rock de guitarras distorsionadas y bases electrónicas, por momentos muy techno. Tienen además algo más en común con la escena electrónica, la interacción con su público es casi nula, brindan un show sin omitir comentarios, hablan a través de las canciones y más bien, a través de los sonidos, ya que su propuesta es fundamentalmente instrumental.

El desenvolvimiento lógico de las cosas, indica que luego de sacar un disco viene la presentación en un venue especial y alguna gira a la medida de las posibilidades. Si bien Winona anunció dos fechas en Niceto, no las etiquetó formalmente como la presentación del álbum porque tenía además otros planes.
En la primera fecha del miércoles 29 comenzaron sacándose de encima el nuevo trabajo de corrido y luego repasaron temas de álbumes anteriores. En cambio, el viernes no sonó ni uno de los temas de su último disco sino que presentaron varias canciones de lo que será su próximo material. Su obra que parece tener vida propia ya está pidiendo pista para lo que sigue, un cuarto que quiere quinto. La inscripción “WR5” que estuvieron compartiendo en sus redes en los últimos días dio algunos indicios de lo que se venía.

Ariel Mirabal Nigrelli, quien canta la mayoría de las canciones acompañado de la guitarra, se ubica en el extremo izquierdo como un anti-frontman. Llevaba lentes oscuros y una remera que rezaba “I ♥ Jesus”. La formación se completa con Santiago Vidiri en bajo, Francisco Cirillo en batería y Ricardo Morales en guitarra. Uno de los roles más interesantes es el de Gabriel Torres Carabajal, ubicado en el centro del escenario tocando la pandereta desarmandose como Jack Black en Escuela de Rock mientras se prende un pucho tras otro. Ese tintineo constante que le da la agudeza que necesita tanta distorsión acompañada por cencerro y maracas. Lejos de ser un elemento secundario, muchas veces relegado como ser el arquero del partido con amigos, convirtieron la pandereta en protagonista.
Proponen un trance hipnótico para pasar la música por el cuerpo que se repite como un mantra. Cuando se despegaban de las melodías circulares, el pogo irrumpía en un segundo, esperaba agazapado su momento de brillar. En temas como ‘Bailando al Compás de las Armas Enemigas’ y ‘D.I.E (Dance in Ecstasy)’ el crowdsurfing se imponía como un deporte de especialidad donde desde el público cada uno cumplio su rol correspondiente: ser sostén desde abajo y aguantar desde arriba con las piernas mirando al techo.

‘V.V.’ fue la elegida para el cierre, una canción con dedicación directa a la actual vicepresidenta Victoria Villarruel, hija del teniente coronel Eduardo Villarruel, por su participación en agrupaciones negacionistas de la última dictadura militar. Luego de una versión extendida del tema, se quedaron con ganas de más y así fue como Ariel rompió la cuarta pared y preguntó: “¿Señor Niceto podemos tocar una más?” y arremetieron con ‘Joel’ para darle cierre a esta degustación del futuro de los Riders.









